Clara Vasco


El naufragio de la mujer anfibio

Estoy juntando
los restos de un naufragio.
Llevo
la estola de dolor del hombre príncipe
el mar
y las cigarras.

La piel atada con cebo
se ahoga en mis pulmones
queman los restos del palacio de oro
y las anclas oxidadas
abren tajos en las manos

anzuelos azules que no cesan
cajones de remedios
cajones de palabras
cajones de muertos flotando en la laguna

yo, sirena de penumbras,
me perfumo con las gotas de los cuerpos
que hacen un gesto desde la orilla.

Allí están todos mis queridos:
yo me sumerjo
entre las piedras umbrías del amor
y la salvaje tormenta del silencio

A mi me dieron de mamar
palabras de sangre
una leche inconclusa de flor en el desierto

Allí vienen todos los cajones
y nos sentamos a tomar el té.

Yo tuve humildes
que pisaron la tierra con zapatos de hierro.
Los frascos de dulce casero
se apilan en los estantes con los libros
y las flores que pintó mi abuela
la tapada
que calmaba el bullir de su savia
bailando alrededor de la mesa
(cuando se quedaba sola
y prendía la radio
y podía latir
sus manos delicadas
con anillos y zafiros ya extraviados)

¿Qué lluvia
qué esperma
qué vientre lleno de semillas
quedó atrapado entre las algas?

Echo un puñado de lágrimas al mar
hago un surco en la tierra
adiós! - digo -
sigo mi camino

Entre el agua y el fuego
nada queda del naufragio.
El ave de la vigilia me cubre el cabello
que se vuelve polvo.

Clara Vasco nació en Caracas (Venezuela) pero desde los 8 meses vive en Argentina. Estudió Ciencias de la Comunicación en la universidad de Buenos Aires. Su primer contacto con la poesía fue en su casa familiar. Concurrió al taller de poesía de Gianni Siccardi y al taller literario “El tren de la palabra”, coordinado por Lidia Rocha e Inés Manzano. Su poesía ha sido seleccionada para la plaqueta 11 poetas jóvenes y difundida en varias antologías. De su primer libro Lavandera de la noche, dijo la poeta Mónica Melo: “En este universo, la imagen del mundo, amor y aves es metáfora. Aquí nada dice lo que dice, ningún pasado se ha quedado inmóvil. Las piedras de la garganta han sido del silencio y ahora de la voz que escribe. Los yunques y el barro golpean debajo de la lengua. Esta lavandera de mares atraviesa las vidas del agua como una náufraga, carne de barcos, oleaje de peces, ancla en la noche del cuchillo y de los puertos. El río sabe el nombre oscuro de las cosas: las conmueve, modifica y alimenta. Que el resto del dolor y la dicha, de las voces de la lluvia y de la entrega sean ahora de los remos que se acercan. De quien llega. De quien lee”.

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