habitado por un dios perplejo
sobre
el papel blanco
desconozco
la sustancia de este resplandor
de esta cifra oscura
y
soy la alucinada mariposa
que
desliza sus huesos en las pupilas del día
esta
es la ley: escribir el poema
y
volverse todos y ninguno
me
desplomo mansamente
como
quien arroja su vida.
el castigo de ser rehén de mí
anda
por ahí el turbio rumor de la tristeza
y
mi sangre se llena de truenos
nombra
insulta
y
reclama
en
la noche asombrada y dura
soy
el que no hace pie en el horizonte
y
reniega de esta penumbra seca
el que no puede regresar a los días
luminosos
el que no se anima a ser lobo ni crisálida
soy
la voz desollada de mis imprecaciones
los brutales besos sin destino
el que se profana en nombre del amor
aquí las ausencias no prescriben
soy
esclavo del dolor para siempre.
nada más que beber un pan de granizo
ah Poesía
madre
de todas las demencias
desde lejos me arrullas
como
la nodriza nocturna
que
les da de comer
a
sus perros.
***
de “palabra matada” ((2014)
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en la sombra en el reflejo mi corazón alucinaba
ovillando
recónditas hebras de silencio
dios
lubrica las cadenas
para
que muramos ahogados por la fe
crecimos
a la sombra de un fabulario
esa
luz enloquece y mata.
las manos de
partir lloran suavemente
en
la tarde cuando la madre de madres se
cae
suenas
todas las venganzas del infierno
porque
a dios no le gusta ir adonde no hay nadie
mi
querida
nunca fui tu huérfano de pan
mis manos no amarraron trompos ni
barriletes
yo
era apenas el niño que se arrastraba
en
una lancha tambaleante
sobre
lágrimas de hielo
yo
era ese niño que repetía la leyenda
de
un amor a quemarropa
el
lujo insaciable
y
la promesa de millones de regresos
de
pie ante la tempestad
arden
pabilos en el corazón de la noche
no
contaré que refulges todavía igual que la lujuria
porque es malo nombrarte
es pecado tener en el
alma una mariposa rubia
a Eva Perón
Soy
alfredo luna. Nací en Catamarca un mediodía de enero, a esa hora cuando el sol
en Acuario alza su calentura, y el ascendente en el apasionado Aries. Mi ciudad tiene una sed atávica; en agosto
entra un viento ansioso y con su lengua, arrastra alegrías y pesares. Desde ese
lugar tan hondo escribo para rescatar esas palabras de greda que me constituyen
y respiro: un habla tan española como diaguita y calchaquí.
Hace
tiempo vivo en esta ciudad de desarraigos, donde publiqué libros de poemas que
son la parte más oculta del corazón y la memoria, para un otro, una otra, que
ni siquiera sé quién es, con la clara confianza que encontrarán manos generosas
que les den cobijo.
Escribo
porque las palabras me asaltan en vigilia y en el sueño: algunas veces aparecen
como una tromba imparable e inevitable; me desorientan, y paradójicamente, gozo
con esa imprescindible conmoción. Con los días vienen la duda, las
inseguridades, la insatisfacción, en la búsqueda de lo que uno siente que es la
Belleza.
Escribir
es dar cuenta del mundo que crece y se derrumba en lo que vivimos, de ese mundo
que generamos al estampar nuestro mundo en un papel; atestiguar lo bello y
terrible de vivir. No solamente el acto heroico de entregar un corazón que
nadie ha pedido, sino también, una ofrenda de lo bello en nosotros, como cuando
intentamos atrapar un rayo de luz, el pan de la esperanza, un fulmíneo guijarro
de silencio.

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