Un tal Rilke, por Javier Galarza

Me toca hablar luego de una brillante interpretación de los poemas de Raúl González Tuñón a cargo de Miguel Martinez Naón.
Cuento que comencé a leer a Rilke cuando mi papá me regaló Cartas a un joven poeta y que —seguramente— mi papá nunca supo quien era ese tal Rilke, así como yo ignoraba que algún día terminaría dando cursos sobre el poeta.



Esta es la nostalgia; habitar en la onda
y no tener patria en el tiempo.

—¿Bajé unos cambios, no? — pregunto preocupado.

—Bastantes…— me responde el chico más locuaz del curso.
—Bueno, pero ahí está la lección. Rilke era un tipo muy melancólico pero se sobrepuso a su tristeza a través de su obra. Y fue constante en su camino. Porque estaba seguro de que algún día esa gran obra iba a llegar. Y llegó. Cerca del final de su vida. Con Las elegías de Duino y Los sonetos a Orfeo.


Señor: es hora. Largo fue el verano.
Pon tu sombra en los relojes solares,
Y suelta los vientos por las llanuras.

El mismo chico pregunta:

—¿Cuándo comenzó a escribir?

— ¿Quién?¿Rilke o yo?
—Usted.
—Antes de ir a la escuela. Ya había hecho mis primeros garabatos.
—¿Y Rilke?
Recito el comienzo de las Elegías:
¿Quién si yo gritase me oiría desde los órdenes
angélicos? Y aún suponiendo que un ángel me estrechara
súbitamente contra su pecho: mi ser quedaría extinguido
por su existencia más fuerte. Pero lo hermoso no es más
que el comienzo de lo terrible que todavía podemos soportar

—¿Alguna vez tuvieron una alegría tan grande que es difícil de soportar? — pregunto.

Me sobran palabras. Los chicos me enseñan en silencio. Me sobran palabras. Como en el poema de Cesar Vallejo sobre un hombre que pasa con un pan al hombro, comprendo que no tiene sentido hablar en este momento de Heidegger o de Blanchot
Valeria Cervero lee a Susana Thenon y luego, poemas propios.
Cada texto es aplaudido con calidez.
Pienso que somos los poetas quienes debemos agradecer a los chicos. Quizás, los que escribimos poemas, no solo tengamos textos para compartir, sino también una forma de ABRIR esa realidad lineal y chata de lo cotidiano. Y uno comprende que si estuviera allí, no permitiría que la mediocridad de la enseñanza media o el pensamiento dominante clausure la fantasía, la creatividad, todo el pensamiento otro de esos chicos. La escucha está. Faltan palabras más bellas.
Carlos Juárez Aldazábal lee su poema Las mascotas.
Dice que se escribe también para dar sentido a esas pérdidas.
—¿Viste que la escritura no muere? — le pregunto al chico más locuaz.
Marisa Negri da por finalizado el encuentro. Dos de los chicos vienen a sacarse fotos con nosotros. Toda prisa desaparece. Y los poetas permanecemos en nuestros lugares. O tal vez no. Ya no.

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javier galarza
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