El pez que no se ve, por María Cristina Ramos

"La poesía es juego, ritmo, sonoridades y ecos.
Resuena desde lo breve sostenida en estratos de sentido.
Es un puente entre lo cotidiano y lo trascendente.
Su palabra materializa una complejidad en cuyo claroscuro se mece la complejidad humana.

La poesía viene del aire, de ser cantada, de atravesar intensidades y silencios de hombres y mujeres.
La poesía suele dar voz a lo que ha permanecido soslayado o acallado.
Puede abrir espacios para el pensamiento, camino para una revelación, territorios para otros mundos, respaldo para otras preguntas.

Su plumaje es antiguo y acaba de nacer cuando anida en la voz de quien lee o se lee.
Se filtra como la luz por los resquicios por los que respira el poema. Se hospeda en la intimidad del aire que inventamos para respirar." María Cristina Ramos


Extracto de la ponencia presentada con motivo del ciclo de conferencias “Lectura y Literatura Infantil y Juvenil: análisis de discursos”, organizado por la Universidad Nacional del Comahue junto al ministerio de Educación de Río Negro y la Subsecretaría de Educación de Neuquén, a través del Plan de Lectura.


La poesía en la escuela

Hay en la actualidad una tendencia a no preservar lo íntimo, a pauperizar las reservas de lo personal, a convertir en espectáculo aquello que debiera ser reservado para resguardar lo que el ser humano es o está siendo. Los espacios en los que se propicia la afirmación de la singularidad, el progresivo develamiento de cada subjetividad, siguen siendo escasos. En nuestras instituciones, se ha filtrado también esta tendencia a exhibir, a apurar resultados sin esperar los tiempos de aprendizaje. Durante el trabajo de aula, los chicos y las chicas debieran poder transitar el camino inverso, deambular dentro de sí mismos, explorarse para dar con su propio perfil. La lucidez del docente que sí acompaña y qué sí espera, no siempre es respetada ni considerada relevante.

La subjetividad se va configurando con lo que decanta de cada día, de cada relación, de cada estímulo del entorno social. ¿Cómo descubrir la dimensión de cada uno si en los otros no hay reflejo posible, no hay eco que ilumine, si la mirada de los otros no posibilita la conciencia de analogías o diferencias, si la mirada de los otros no ayuda a registrar los indicios de la propia subjetividad?

¿En cuántas experiencias educativas se contempla el espacio para el autoconocimiento, en cuántas experiencias se admite la vacilación, los cambios, el decirse y el desdecirse como avatares del camino hacia uno mismo? ¿Qué relevancia tiene la construcción de la subjetividad en el ámbito de la escuela?

El tiempo dedicado a lenguajes estético-expresivos, en experiencias creativas, debiera ser una respuesta. Y lo sería si esas propuestas fueran frecuentes y concientes. Lo serían si no estuvieran atenidas solamente a fechas precisas, a los actos patrios, o cuando se hace necesario engalanar la escuela o mostrar resultados. Lenguajes expresivos en experiencias creativas donde el docente esté aportando la visualización de la zona próxima del desarrollo, desplegando pasos posibles o alternativos que permitan crecer en la expresión y caminar hacia el arte.

Quienes recorremos escuelas, bibliotecas y grupos de lectura sabemos que la poesía para niños sigue estando menos presente que la narrativa. Sabemos de La hora del cuento, de las convocatorias a mil versiones de Caperucita y demás cuentos maravillosos, de leyendas y muchas otras válidas variables narrativas. Pero la poesía, si está presente, es de manera lateral, como pidiendo permiso. Y si bien hay quienes han hecho de la difusión de la poesía su apasionado camino, todavía nos queda mucho por andar. 
La poesía está en la escuela, muchas veces, jugando a las escondidas con algunos docentes que le temen, apareciendo en las pocas escrituras de los chicos, asomándose en la mirada de mundo de los más pequeños. 
Y también está en la escuela de fiesta, de la mano de los docentes que la disfrutan y que la comparten. Y también en las bibliotecas donde ya no es una rara avis sino una presencia que ocupa lugar al lado de libros de narrativa o de información, y a veces también en frisos o tarjetas, o de la mano de los dibujos de los chicos.
Pero sigue pagando el tributo de la diferencia. Pocas escuelas sostienen programas de lectura. Pocos programas de lectura sostienen la poesía. Sigue estando aprisionada en una o dos semanas de clase, a veces deambulando en ratitos de un mes. A veces expulsada de todo tiempo escolar posible. Hay frases que se siguen escuchando en lo cotidiano escolar y no escolar:

La poesía es para las mujeres/ No sé por qué lo dicen así, no se entiende/ Tiene que tener rima, si rima es poesía/Ah, y alguna metáfora y comparación/ Este año no doy poesía porque no está en la currícula de sexto/Imposible; no me dan los tiempos./ Poesía tocó en abril ahora estoy a full con cuentos de terror…
Creo que en parte se la sigue pensando como pérdida de tiempo, como algo sin sustancia que quita tiempo a lo “realmente importante”. Tal vez nos han quedado resabios de una época en que todo lo salido de la norma constituía una amenaza, época de libros prohibidos y escritores emigrados o desaparecidos. Tal vez aún algo parecido a la autocensura enciende alarmas cuando un texto no dice lo que dice sino que: “cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa” como afirmara Alejandra Pizarnik. Tal vez no nos hemos reencontrado del todo con nuestro derecho a desplegar sensibilidades y plenitudes (…) 



Estamos tratando de asegurar el ingreso de todos en el mundo tecnológico digital, la educación física y el deporte están presentes de manera indiscutible desde hace décadas, desde hace algunos años estamos recuperando la formación cívica, las temáticas de género con mayor o menor presencia es algo que circula entre nosotros y en nuestras instituciones. Pero las disciplinas o los espacios de lo expresivo y lo artístico no tienen el debido espacio ni el debido reconocimiento ni siquiera entre profesionales de la educación. No digo el espacio de una concesión de buena voluntad, digo recordar que en los caminos del arte puede el ser humano encontrar espacios de belleza que lo compensen y lo equilibren, que le recuerden la posibilidad del despliegue emocional, la dimensión de su dignidad, la posibilidad de entender lo social e histórico a través de la mirada enriquecedora de los que han hecho camino en el arte.

¿Para qué la poesía?

Para dar cabida a lo afectivo, para alimentar la íntima búsqueda reflexiva, para proyectarnos en palabras que nos contengan. Para descubrir que el mismo lenguaje que usamos con descuido puede llegar a configurarse como arte y en ese caso brindarnos un instante de belleza. La poesía, además de llevarnos a recorrer espacios nuevos, nos devuelve como lectores más eficaces, como hablantes con dominio sobre un lenguaje con más matices, relieves, intensidades. Porque el lenguaje poético requiere y propicia una recepción calificada, a la que el lector llega anclando en la materialidad sonora, en los ritmos que lo magnetizan, en las asociaciones, en el aliento de la metáfora.


La poesía cuenta con nuestra voz como medio ideal de llegada a la sensibilidad de los chicos. La voz es una entrega, lleva en su realidad etérea parte de lo que somos. La poesía debe encontrarse con lo más musical de nuestra voz, con nuestro caudal sonoro, pero modulado y sutil. Su belleza frágil puede sucumbir al grito y eclipsarse con la indiferencia o el desánimo.

En el poema habita un latido, un vuelo; hay que preparar para él una campana de aire. Hay que descubrir ese vuelo y sostenerlo con nuestra voz. Aún cuando leemos en silencio la voz del poema vuela en el espacio interior hasta posarse en nuestra sensibilidad.


Leemos cuando regresamos desde el fondo del texto impregnados de un sentido que construimos entre su pulsación y nuestra sensibilidad. Leemos cuando el aire de nuestra respiración puede tocar el texto sin lesionarlo, leemos cuando nos ubicamos entre el texto y quienes nos escuchan quitando relieve a nuestro ser individual, para generar un espacio posible donde seguir significando. Cuando el fluir de nuestra voz se atempera y concibe la media voz como una intensidad y lo exacerbado como un atropello. Cuando nuestra voz pulsada con la intención de quien comparte algo luminoso, elige el plumaje adecuado para que lo poético cobre vuelo.


Retomo la idea de lo invisible, que dio pie a estas palabras que estoy compartiendo con ustedes. La idea de lo invisible es algo potente desde la sugerencia. Algo invisible no es algo inexistente, es algo que algunos ven, puede ser inquietante o tranquilizador, confiamos mucho de nuestras vidas a cosas invisibles. Pueden ser realidades acariciantes, certeras, pero siempre habrá quien pueda y quien no las pueda ver, es un misterio. Y la poesía es así, y con sobradas razones, la poesía es arte y como tal, dice el poeta entrerriano Juan L. Ortiz, 'El arte no da cuenta del mundo para hacerlo comprensible, sino para devolverle su sagrado misterio' (...)


Entrada sugerida por Valeria Cervero. Publicaremos una segunda parte.

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