Un fueguito que ahora es sinfonía, por Alejandra Correa

Lo que el III Festival de Poesía me enseñó. Lo que ví, escuche, supe. Lo que aún no sé.


Vi ojos despertarse de la siesta escolar. Preguntas que se abrieron paso a pesar de la espesura. Docentes conmovidos. Docentes enojados. Escuelas que tienen poco, pero donde todo es de todos. Escuelas que tienen mucho y no lo saben. Niños en donde habitaban dormidos animales que pueden volar con alas de hojas o poner huevos por la boca de un león, sin morderlos.

Conocí abrazos inmensos y sinceros, abrazos para el desconocido que trae una palabra de esperanza. Al que no se le pide ni santo ni seña para abrazarlo. Al que se lo recibe con tejidos o fragmentos de cerámicas que conforman planetas rotos pero de colores, hilos que llegan a donde nada ni nadie llega.

Fui testigo de la poesía de cientos, de las palabras que se enhebran de voz en voz, de sentir en sentir, un largo poema a través de los tiempos y el espacio. Un poema que pudo comenzar con Artaud, para seguir con Rich o Calveyra, o con nombres que no conozco... quién sabe dónde el principio, hacia dónde el final. Siempre la misma voz, canción de cuna, arrullo... ¡Es tanta la orfandad de los días¡

Hubo fiestas con guitarras, con actores, con ex alumnos músicos que regresaban a casa para abrazarse a la portera que los vio crecer y marcharse, meriendas con pastelitos de membrillo, mate, caféconleche, desayunos con alfajores y vasitos de colores. Abrigos, lanchas, remises. Niños mariposa, niños que se quedaban dormidos de arrullo, jóvenes deseosos disfrazados de jóvenes indiferentes, chicos con flores en los brazos cayendo sobre hojas blancas, naciéndoles a ellos centenares de ramas y allá irán siempre las aves a creer en otra primavera.

Pude ver cara a cara a los que dirigen, a los que tienen la batuta. Algunos saben lo que están haciendo y lo hacen con alegría, delicadeza y cuidado. A sabiendas. Otros no, lo ignoran y por eso, simplemente: son ignorantes. A muchos -hay que decirlo- les molesta enormemente este desorden en sus países de fronteras sólidas. Les molesta que el aire esté siendo tomado por el sonido de una palabra que habla de amor, de muerte, de sueño, de dolor. A veces hasta intentan sepultarla in situ. Cavan y cavan el aire, buscan y buscan la grieta.

En ellos habita la desesperanza más desesperada de todas. Una desesperanza que transforma en bonsai lo que toca. Y lo que toca, lo que le incumbe, no es menor. Es el futuro que ya empezó y no espera. Es un futuro con forma de niños y jóvenes, con forma de deseo latente y desesperado. Deseo de vida. Y los que ignoran piensan que ese deseo de vida debe ser aplastado, reprimido, normatizado con una sintaxis de sujetos y predicados. Y he oído al menos un largo, eterno discurso, sobre lo-que-se-debe-hacer-en-la-escuela, que pretendía humillar a todos los presentes. Y los presentes eran jóvenes y eran poetas. ¿Cómo se puede enterrar al viento que ríe?



He visto el letargo. Esa duermevela que tanto recuerdo de mi propia adolescencia encerrada dentro de un colegio público en plena dictadura militar. Jóvenes aletargados, en estado de semilla que late encerrada en sí misma. Y que sabe esperar (sueño que sí, que sabe).

Escuché, y aún escucho, conmovida, las palabras de mis colegas. En muchos de ellos hay sorpresa. En otros un sutil movimiento para reubicar la brújula. Y preguntas, muchas, sobre quiénes son estos chicos y jóvenes que escuchan. Preguntas sobre qué hacen los maestros y profesores, qué es la escuela hoy y que fue antes. Preguntas que nos incumben a todos. Y mientras leemos y hablamos, pequeños pies pintados van dejando sus huellas en países imaginados, de banderas multicolores y olor a témperas, de títeres de papel y collages marosianos.

Por momentos, hay tantos corazones latiendo al unísono que asusta. Asusta que hayamos encontrado el sitio preciso del unísono. Y entonces recuerdo que todo comenzó con un solo corazón, el de mi compañera de juegos y amiga, Marisa Negri, venteando una llama tan pequeña... ¡Y ahora, por donde mire, la llama se ha transformado en cientos¡


Alejandra Correa

PD. Sé que escribo estas líneas conmovida. Que posiblemente no haya podido evitar todos los comunes lugares. Sin embargo, les dejo íntegra y trillada mi enorme emoción, chicos, amigos, compañeros de camino, poetas a los que leo, poetas a los que aún no he leído, docentes, músicos, artistas visuales, directivos. Hemos logrado una sinfonía. ¿La escuchan?

Comentarios

  1. Cuando uno pone el corazón Alejandra, no el pensamiento sino el amor, el poema, la danza, los corazones latén al unísono. Porque el amor es la sintonía más contagiosa. Hace muchos años, cuando me vine de mi pueblo y andaba por estos Buenos Aires medio perdida, me acompañaba una frase: si quieres tener siempre amistad, música y poesía; llévalas contigo. Eso es lo que están haciendo Marisa y vos. Y nosotros, que nos sumamos alegremente a esta iniciativa de murga ambulante poética con el corazón en las manos. Personalmente me encantó participar. Me quedé con ganas de más. De hablar más con los chicos, de empujarles más a la panza el monstruo de la poesía. Gracias!

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