Niños ante un poema de Beatriz Vallejos, por Kevin Jones

Empezamos las actividades previas al VII Festival de Poesía en la Escuela.

Este año, lo novedoso será que luego de varios Festivales realizados en todo el país desde 2010, y de las I y II jornadas de Poesía en la Escuela de 2013 y 2015 (esta última en el marco del Festival Federal de Poesía del que hemos participado activamente de la mano de la Red Federal de Poesía que integran el Ministerio de Educación y el de Cultura de la Nación, junto a la CONABIP), podemos decir que la experiencia y la práctica van prendiendo en distintos puntos de la Argentina. 

Es por ese motivo que este VII Festival de Poesía en la Escuela, haciendo gala de su carácter autogestivo, estará signado por una suma de amigos, compañeros, docentes, poetas y activistas culturales, que se animan a acercarse al proyecto, indagar y luego generar por sí mismos, experiencias afines en sus lugares, sumándose con actividades en los días del Festival para encender las escuelas del país a pura poesía.

A continuación, publicamos la experiencia que nos envió Kevin Jones desde Entre Ríos. El fue uno de los participantes de las II Jornadas de Poesía en la Escuela (marzo 2015, Tecnópolis).



Una escena para las prácticas pedagógicas vueltas jardín

La escena transcurre durante la mañana en la Escuela Gaspar Benavento. En el centro de la ronda, un afiche. En el medio de ese papel, un poema. Dejamos que todos se acomoden. Los que ya se sentaron no nos miran a nosotros, sino a la escritura en fibra que ocupa el centro del afiche.

Cuando todos ya estén en sus sitios igual esperamos. El silencio resulta una manera de pedirnos que hablemos. Somos nosotros los que hemos venido de fuera, los extranjeros en esta escuela. Por lo tanto se espera que hablemos, que nos excusemos de alguna manera.
Sin embargo, devolvemos la palabra hecha pregunta. ¿Qué es eso que está ahí? Los chicos entienden el juego al instante y comenzamos la charla.

Leemos rápidamente una vez. Decimos las palabras en voz fuerte, marcándolas, haciendo que se toquen entre sí las vocales que se deban tocar.

Canto VI

Brumas de inesperados amaneceres
para la isla de tu secreto pálido.
Oh corazón de agua.
Oh lirio ceniciento.
Para las tristes grietas
de tu sueño de estatua,
un collar de reluciente rocío
la mañana inaugura,
y la luz es polvo de oro
derramado en las flores.

Leemos otra vez. Despacio, deteniéndonos en cada verso, dejando un silencio antes de las palabras extrañas, de las metáforas raras. Decimos casi con sospecha ceniciento, sueño de estatua, collar de reluciente rocío. Dejamos que los chicos adivinen en nuestra voz las preguntas que vendrán.

Coloreamos las palabras que nos llaman. Si hay una palabra demasiado dulce, coloreamos. Si hay una palabra que creamos es el centro del poema, coloreamos. Hablamos sobre lo que puedan significar. Nos ayudamos entre todos a entender los significados de palabras que no entendemos. Visualizan un lirio quienes aún no lo han visto; recuerdan el rocío quienes lo han mirado de mañana camino a la escuela.

Con ese avío de palabras comenzamos a pasar verso por verso. Si amanece cada día, ¿por qué puede ser inesperado el amanecer? ¿Puede el secreto ser una isla? ¿O es que, nos dice un niño, hay un secreto en el secreto? ¿Cómo es una isla? ¿Cómo sería entonces una isla hecha de secretos? ¿Por qué llevaríamos un secreto a una isla? ¿Cómo puede ser ceniciento un lirio? ¿Tiene algo que ver con La cenicienta? ¿Será porque es un lirio quemado?, nos dicen de un costado. ¿Cómo se puede tener un sueño de estatua? ¿Por qué tiene grietas ese sueño? Si el rocío es como gotas de agua por caerse, ¿cómo puede hacer la mañana un collar de rocío? Un collar imposible, grita una niña.

Hemos estado durante toda una hora de la clase del sexto grado en la mañana de la Benavento. Leemos el nombre de la autora que algunos ya se habían aprendido para decirlo en el momento justo. Beatriz Vallejos.

Dar tiempo delante del poema a un niño es darle tiempo a que se tranquilice en su presencia, que acepte sus nuevos pactos, que se familiarice con su forma de irrumpir en una lengua que hasta hace instantes parecía tan sencilla, sin matices ni pliegues. Una lengua que era suya, y el poema le ha arrebatado y devuelto extraña. Que se familiarice un poco nomás: habrá algo indómito en el poema que siempre estará a oscuras.

Quisiera detenerme en esta práctica despojada, para que reflexionemos sobre ella en estos días que a eso nos convocan. ¿Cuántas cosas hay allí superpuestas?




Habría en principio una complicidad compleja. En primer lugar la de las personas que preparamos el Taller (en esa ronda hay cuatro talleristas). Desde una preparación que se vuelve de repente silencio para oír entre líneas lo que los niños dicen. Preparación que es condición de esa escucha, que nos hace atender, y que hace que el acontecimiento suceda justamente porque el mediador está presto a darle sitio cuando despunta.
Pero, también, la complicidad con la docente y la bibliotecaria que sostienen la escena.

Allí está Graciela, a quien conocimos una tarde que liberamos libros en la Plaza Sáenz Peña de Paraná. Esa tarde leímos poemas de Alfaro y hablamos sobre él en una charla que dio pie a que nos invitara a visitar su escuela. Graciela es la Bibliotecaria de la escuela, lo cual hace de ella una usina de consultas de los chicos que pululan por ese espacio cada recreo. Maravilla ver cómo las manos no le dan a basto en para recibir y dar libros que los mismos chicos sacan de los estantes. En aquella visita la escuela nos enamoró con su galería y patio y decidimos trabajar en ella. Por aquel entonces estábamos atravesados por las lecturas de Díaz Rönner, por su desafío de acarrear textos a la infancia desde otros lugares, comprometiéndonos con construir otros corpus. Propusimos llevar textos que habían sido tradicionalmente destinados al mundo adulto.

Así construimos la tercer complicidad de esa mañana, con los chicos que entonces cursaban quinto grado, y junto a quienes leímos un fragmento de la novela La cama de Aurelia –la novela más hermosa jamás escrita en esta provincia-, donde Aurelia Campodonico es llamada a ver el jardín por su madrina. Dibujamos aquel jardín esa mañana en un episodio que fue el puntapié inicial para el proyecto que cobija la mañana que estamos juntos recordando esta tarde.

Junto a esas complicidades vueltas hospitalidad hay también un proyecto. Este taller, que se realiza durante toda una mañana en la Escuela, forma parte del dispositivo “Taller de poesía” que sostenemos dentro de la institución. El proyecto prevé una serie de encuentros mensuales, en los cuales se trabaja con los chicos sobre un corpus de textos literarios que vuelven sobre el espacio del jardín (como el caso del poema leído) ya sea para desde allí enunciar tanto una poética como una ética, o resguardar una memoria de la infancia. En cada taller llevamos un autor y una serie de textos tomados de un libro en particular de su obra. Recorremos junto a los chicos el tópico del jardín en esas escrituras y nos hacemos preguntas en torno a ello. Hace unas semanas, por ejemplo, llevamos La huerta azul (1949) de Reynaldo Ros y luego de sostener una conversación sobre aquel libro nos propusimos explorar individualmente cada uno alguna de esas prosas con tres hojas en la mano: una para dialogar con la escritura literaria de Ros, otra para escribir todas las preguntas que nos surgieran de allí y una última para usar a gusto en lo que reste, en lo que no tenga lugar en las otras dos. Demás está decir que esas hojas aún palpitan.

A su vez, el proyecto se articula con una serie de instancias de escritura que se realizan entre la docente a cargo del grado, Claudia, y su Bibliotecaria, Graciela. En estos encuentros las niñas y niños eligen cada uno un jardín y elaboran una serie de operaciones sobre él: una descripción, el trazado de una cartografía así como una entrevista a la persona que cuida de ese jardín, a la persona que, a fin de cuentas, tiene un jardín.

Todos estos materiales, se encontrarán con una serie de escrituras ensayísticas que son propiciadas en el Grupo de lectura Apuntes para un jardín que sostenemos dentro de nuestra Biblioteca. Las personas, adultos en este caso, que participan de este Grupo de lectura también deberán elegir un jardín, describirlo, cartografiarlo y entrevistar a quien lo posee. Quiero decir: también deberán jugar.

Lo que más nos atrae de esta propuesta es que ni el corpus de textos trabajados, ni la manera de abordarlos cambian entre adultos y chicos. Las preguntas que nos formulamos sobre los textos son las mismas en uno y otro espacio.



Aún así las complicidades y el proyecto no serían nada sin el poema, protagonista total de cuanto acontece. A la poesía de Beatriz Vallejos llegamos a través de la exhumación que de sus obras hicieron las editoriales Municipal de Rosario y Ediciones UNL, quienes en 2012 publicaron su Poesía reunida. En aquel entonces, los editores decidieron dejar fuera dos poemarios, los primeros que Vallejos publicara en su obra. Respetaban así un gesto que la propia autora realizara en 1980 con motivo de una publicación de sus poemas reunidos bajo el mismo título que se usó en 2012, El collar de arena.

Esta decisión dio pie a que en 2014, la editorial rosarina Ivan Rosado publicara su primer libro de poemas, Alborada del canto(1946). Vallejos lo escribió en 1945, con solo veintidós años, y lo presentó a un concurso de la Biblioteca Mariano Moreno de su ciudad natal, Santa Fe, el cual ganó pudiendo publicarlo al año siguiente. Se trata a todas vistas de un libro feliz por el premio que le dio lugar, pero también por inaugurar una obra que atravesó de manera secreta e indeleble la poesía del litoral. De ese libro es el Canto VI que leemos con los chicos esa mañana. Un poema que durante más de sesenta años viajó por manos amigas a Vallejos, que desde otras complicidades le dieron lugar. 

Esos libros llegaron a nosotros como una suerte de don que extraños nos hicieran editando, cuidando y dando a circular sus textos. Cuando los recibimos encontramos en ella una minúscula habla, que nos recordó a nuestras abuelas, pero también a Juanele, a algunas imágenes que nos acompañan cotidianamente. Fue entonces que decidimos darle sitio en el Taller poético de nuestra Biblioteca. Así en Enero de este año nos juntamos a leer su poemario Horario corrido (1985), juntos y en voz alta, en un gesto que vamos repitiendo cada mes en nuestros Talleres poéticos que actualmente se hacen en una Plaza de Paraná.

Vallejos fue la última en llegar a una lista de textos que veníamos juntando para armar el Grupo de lectura y el Taller en la Escuela Benavento. Allí pretendíamos reunir poemarios que hacían del espacio del jardín un espacio de escritura, que constituían su poética desde el jardín, leyendo lo que en él se expresa en términos de sintaxis, discurso, imagen. Elementos que el poema, como sucede en Diana Bellessi, busca desesperadamente imitar.

He explicado la elección del poema, su marco vuelto proyecto de trabajo compartido, y también la elección de la institución que trabajamos. Pero tengo que ir más lejos para explicar esa mañana. Siento que no alcanza. Quizás a antes de que cayeran en nuestras manos los poemarios de Vallejos. Quizás a cuando decidí entrevistar a Teresa, una mujer poeta de mi pueblo, que escribió muchos poemas cortos, de noche, después de acostar a su familia. Que escribía, cuando tenía que hacerlo, esa es su expresión. Ella me dijo entonces que hay que tener un jardín para tener algo que mirar, que sino no es lo mismo. Que toda mujer sola tiene que tener un jardín me dijo Teresa en la cumbre de sus ochenta y pico, cuando le consultaba por sus poemas.

Cuando le conté estas cosas a Milena, amiga e integrante de nuestra Biblioteca, recordamos los poemas de Arnaldo Calveyra que construyen guías para jardines, que pasean por los jardines viendo, más que recordando, Entre Ríos. Pensamos en los poemas de la Bellessi, en su poema “El jardín de los milagros”, donde el florecimiento de una magnolia se vuelve acto de justicia.

Florecerá, le aseguraba, el próximo
verano, ya verás, y hoy ha sido visto,
esta vez se unieron belleza y justicia
para ganarle juntas, las dos al tiempo

Pensábamos en cómo Milena podía reconocer en el habla que construye Diana Bellessi sus innumerables conversaciones con mujeres desconocidas sobre los colectivos, mujeres grandes a las que escucha hablar de su vida, de la vida, insistiendo en una conversación que no quiere apagarse. Pensábamos en la ignota y pequeña novelaLas gotas de la noche (1955) de Roberto Beracochea que encontré en la tienda de libros usados del viejo Atman. Novela donde una niña descubre en las plantas que le regalan la certeza de que existe otra vida más allá de lo utilitario. O en la huerta azul en que dice Reynaldo Ros haber pasado su infancia, donde confluyen todos sus recuerdos y la memoria se textualiza en un jardín donde no solo hay fragmentos de personas, sino que también de canciones, viejos poemas y algunas leyendas. Libro al que llegamos por la insistencia de Lautaro en revisar las estanterías de la Biblioteca de la Escuela Hogar donde también sostenemos proyectos compartidos.

Nos sucedió, quiero decir, que ante la afirmación de Teresa recordábamos textos, recordábamos la experiencia que al leerlos habíamos tenido. Supimos entonces que la idea del jardín como espacio poético se había vuelto en nosotros un corpus a ser mediado.



Por aquella época veníamos pensando nuestra Biblioteca como un jardín. Esto debido a que en el espacio de Santos Domínguez, donde funcionaba hasta hace poco Barriletes, manteníamos nuestro Taller afuera, plantando malvones y regando una pequeña huerta. Allí los libros encontraban sitio, entendiendo que una Biblioteca debe ser el territorio donde encontrarse con los bordes del mundo, donde poder leer el mundo. Salir con los chicos a leer el Tilo que está afuera, decía Mirta Colangelo. Colangelo debe haber sabido que quizás los niños no habían tenido antes tiempo para mirar un árbol.

Se agolpan los recuerdos al tratar de explicar una práctica pedagógica, de tratar de contar una mañana.
Fantasías de intervención llama Analía Gerbaudo, a estos deseos que se enuncian desde las prácticas pedagógicas, que se expresan en proyectos y programas, y que buscan desde su sitio intervenir sobre lo social desde la especificidad de quien porta un objeto al que denominamos literatura. Como estamos aquí en la primer jornada de esta “Semana de las prácticas pedagógicas” quise poder narrar los lugares desde donde viene este trabajo en particular. Ya que el motivo de que esté contando esto es justamente su carácter de excepción, y, sin embargo, al observar la manera que en que estos chicos se apropian de los textos que les llevamos –y que han sido en muchos casos escritos, editados y puestos a circular entre y para grandes-, no puedo dejar de preguntarme nuevamente por los motivos por los cuales estos textos no ingresan cotidianamente a la didáctica de la literatura dentro de la escuela primaria.

Sigue sucediéndonos que muchas veces, a través de las censuras que el manual impone, para retomar las reflexiones barthesianas, la literatura termina quedando fuera de la escuela. A fuerza de moralismos, de psicologismos y de didactismos, como señalara Díaz Rönner al marcar las intrusiones en el campo de la literatura infantil.

Por eso me gustaría aprovechar esta oportunidad para plantear el problema hacia dentro nuestro. Aquí el asunto no es cómo hacer que los chicos sean atraídos por la literatura, sino cómo hacer que nosotros nos atrevamos a llevarles literatura a los chicos. Literatura de veras, de la que produce cosas en nosotros. Literatura con la cual a nosotros nos pasen cosas.

¿Cuánto tiempo en nuestras semanas leemos? ¿Cuánto jugamos con canciones, regamos plantas, pintamos, o hacemos muecas con nuestros rostros? ¿Cuándo fue la última vez que recordamos versos, cuentos, nanas de hace tiempo? ¿Dejamos entrever a los chicos algo de eso? En estas preguntas quiero oír el eco de Laura Devetach quien nos enseñó como nadie que no hay manera más coherente y contundente de defender el espacio poético que habitarlo. En ese sentido, siento que fue natural para esta Biblioteca tejer un lazo entre el Grupo de lectura y la labor en la escuela, y llevar allí esos textos, ya que en ellos está depositado parte de nuestro deseo como lectores. Llevamos ante los chicos algo sobre lo que ignoramos gran parte, nos volvemos portadores de un objeto desconcertante y fascinante al que llamamos poema y desde allí tramitamos nuestra relación con el texto.

Acarrear textos a ese edificio en construcción que es la literatura infantil, nos dejó dicho Díaz Rönner es siempre un acto de valentía. Dentro de nuestra Biblioteca, cada vez nos convencemos más de que si muchos textos del canon adulto no son dados a los más pequeños es por un cierto mecanismo de defensa de una lectura que se ha cristalizado. Entregar el poema al niño significa exponerlo a ser puesto en otro orden de cosas, a ser leído desde otros meridianos. Creo que los grandes tenemos miedo a que los niños nos digan que somos el emperador que va desnudo.

Al momento de inscribir su nombre en esta presentación, pienso en la figura de Díaz Rönner quien tanto hizo para ayudarnos a pensar la literatura infantil en Argentina. Alguien que quiso definir siempre su tarea crítica e investigadora desde un lugar más bien íntimo, asumiéndose lectora. Es necesario quizás oírla de nuevo, gritárnoslo: “En anteriores ocasiones públicas me monté a una carabela, traficadora de la lengua, y/o me revelé como una contumaz adúltera, portadora de lecturas feroces y corruptibles, siempre con palabras diminutas pero terribles, dentro de escenarios en constantes gestiones de mudanza y de transformaciones: soy carabela, soy adúltera. Hoy lo sostengo todavía acaso con ampliada insolencia. Si no se entendió, he querido de decir en cada una de esas fingidas posturas que SOY UNA LECTORA”.

En ese gesto, parece hablarnos desde el sitio de quien ha enfrentado los miedos delante de un poema antes. Quien ya se ha tomado tiempo delante del texto, y ha oído transitar sus propios secretos por allí. Desde ese lugar nosotros desearíamos construir nuestras fantasías.

Finalmente, no es menor que estas intervenciones se produzcan desde una Biblioteca comunitaria. Desde Barriletes, nos asumimos actores del canon en la esfera pública. Construir una comunidad de lectura implica encontrar sitio a nuestros deseos dentro de esa Biblioteca por-venir.

Todas las reflexiones sobre el jardín como espacio poético, junto a las entrevistas, descripciones y cartografías que los niños harán serán recopiladas a fines de este año dentro de un libro. Así, durante el año se trabajará con ellos la idea del libro como eje y guía de los Talleres.

Por eso mismo, hace poco le decía a Mile, mientras leíamos Literatura/enseñanza de Barthes, que quería poner este párrafo como epígrafe a nuestro libro sobre el jardín: "(...) habría que dar a los niños la posibilidad de crear objetos completos (cosa que la tarea no puede ser) en una temporalidad larga. Habría que imaginar casi, que cada alumno va a hacer un libro y que se plantea todas las tareas necesarias para su realización. Sería bueno demorarse en la idea de objeto-maqueta, o de producción en un tiempo en que el producto no esté reificado todavía (...) El alumno debe convertirse, no digo en un individuo sino en un sujeto que dirige su deseo, su producción, su creación."

Sin embargo, ahora que pienso en los días que pasamos juntos quienes conformamos esta Biblioteca, creo que los que creamos el objeto somos nosotros. Nosotros quienes devenimos sujetos de deseo demorándonos cada día en (re)pensar nuestro objeto-maqueta que llamamos práctica pedagógica, que llamamos equipo, que llamamos Biblioteca. Al final, el jardín podemos ser nosotros.


Este trabajo fue leído en el panel "Barriletes en la comunidad. Aprendizajes y desafíos" en el marco de la Semana de las prácticas pedagógicas organizadas por el Instituto de formación superior de Diamante el día 20 de abril de 2015. Su autor es Kevin Jones y trabaja en la Biblioteca Esos otros mundos, de Entre Ríos.





Referencias

Barthes, Roland ( 1975 [1985]) “Literatura/enseñanza” en El grano de la voz. Siglo XXI. México. Pp. 242-251
Derrida, Jacques (1991 [1995]) Dar (el) tiempo. 1era edición. Paidós. Barcelona. Traducción de Cristina de Peretti.
Devetach, Laura (2008) La construcción del camino lector. 1era edición. Comunicarte. Córdoba.
Díaz Rönner, María Adelia (1988 [2012]) Cara y cruz de la literatura infantil. 1era edición. Colección relecturas. Lugar editorial. Buenos Aires.
(2011) La aldea literaria de los niños. Problemas, ambigüedades, paradojas. Selección y prólogo de Gustavo Bombini. 1era edición. Comunicarte. Córdoba.

Gerbaudo, Analía (2013) “Algunas categorías y preguntas para el aula de literatura.” Álabe 7. [www. revistaalabe.com] (Última consulta: 18 de abril de 2015)

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