Experiencias: La poesía de la escuela, por Hernán Schillagi

«VII Festival de poesía en la escuela 2015»,
CENS 3-418, de San Martín, Mendoza, 14 de octubre de 2015, de 20 a 22 horas.
Coordinadores: Hernán Schillagi y Sergio Pereyra
Poetas invitados: Fernando G. Toledo-Paula Seufferheld
Músico: Mario Campanella

1. Poesía y otras cuestiones. Todo puede comenzar con una pregunta tan clara como filosa: ¿cuál es el lugar de la poesía en la escuela? Sin ánimo de hacer un recorrido histórico, y mucho menos sociológico, sabemos que los poemas siempre han venido en zaga dentro de las propuestas curriculares, al final del último eje, con la falaz esperanza de dar únicamente los aspectos formales (métrica, rima) y cumplir con el programa. ¿Versos oscuros e indomables, multiplicidad de interpretaciones, voces que se desdoblan y se completan con el lector? Es cierto, esto espantaría a cualquier docente incauto (y perezoso, agrego yo). La poesía, por fortuna, es paciente y sabe esperar. Sin embargo, hay veces en que puede venir a nuestro encuentro, una visita golpea la puerta y entra de sopetón a llenar de voces las aulas, cambia el color de las ventanas y, así, se encienden las luces de una escuela que, de tan conocida, nos asombra. Porque la poesía entra a los lugares donde menos se la espera, pero más se la necesita.


2. Las visitas de siempre. La propuesta que Alejandra Correa y Marisa Negri (dos batalladoras impenitentes del género poético) me hicieron llegar hace unos meses no me tomó de sorpresa. ¡Un festival de poesía y en la escuela! Más que un evento aislado es un derecho de los estudiantes, mucho más si se tiene en cuenta el contexto de la institución en la que yo trabajo: un CENS urbano para jóvenes y adultos. Gente laburante, mujeres cargadas de hijos e ilusiones, pibes que salieron despedidos del sistema formal y buscan su futuro con un hambre feroz. Es decir, el «anochecer de un día agitado» los recibe con más obligaciones de las que supuestamente podrían sostener. Es aquí, por tanto, donde la poesía tiene algo para decir (y para ofrecer). Por eso es que la hermosa e inquietante invitación para que Mendoza fuera una de las sedes del «VII Festival de Poesía en la Escuela 2015», no me provocó asombro, sino un anhelado sentido de pertenencia.

3. Corte y confesión. «La poesía debe buscar cómplices», se nos dijo a viva voz en el «Festival Federal de Poesía» dentro del II Encuentro de la Palabra que se celebró en Tecnópolis en marzo de este año. Así que no dudé en pedirle a Sergio Pereyra, poeta y profesor del CENS 3-418, que me acompañara con la coordinación de los talleres en nuestros respectivos cursos. Con él venimos desde la facultad compartiendo lecturas, reflexiones sobre la creación poética, recitales en bares, escribiendo en revistas; además de cruzarnos nuestros textos para desbrozarlos con la dulce impiedad de los amigos. De este modo, los talleres los pusimos en funcionamiento en los horarios de clase. A mis alumnos comencé preguntándoles qué relación tenían con la música, para luego llegar a las letras de las canciones y cómo, a veces, estas parecían estar describiendo alguna situación que a ellos les tocaba vivir en ese momento. «Entonces, la poesía les ha estado hablando toda la vida», les solté con poca inocencia. Ante la mirada atónita, tomé una hoja y les leí completo «No te salves»: «No te quedes inmóvil /al borde del camino /no congeles el júbilo / no quieras con desgana / no te salves ahora / ni nunca / no te salves…». Cuando terminé de leer el poema de Mario Benedetti, una alumna dijo: «Faaah, durísimo el vago». Las preguntas de un lado y del otro no tardaron en llegar. Al mismo tiempo, en el pizarrón íbamos anotando algunas características generales de la poesía. Así, leímos «El mal alumno», de Jorge Leónidas Escudero y cuando dice: «maestro, vengo seguido aquí a que m ‘enseñe / a tener un corazón de piedra como usté / pero ya ve, resulté un mal alumno…», los indagué acerca de qué había detrás de los primeros significados de «mal alumno» y de «corazón de piedra». Pasaron otros poetas tan disímiles como el porteño Fabián Casas, la uruguaya Idea Vilariño, la mendocina Bettina Ballarini, o el cordobés Daniel Mariani. Los alumnos fueron descubriendo, también, que la voz que habla en un poema no es como la del narrador que aparece en los cuentos, entre otras cuestiones del género. Cuando tocó el timbre, un estudiante largó, sin ponerse colorado, a todo el curso: «¿Ya terminó? Se pasó rapidísimo». Otro que estaba enfrascado con el significado de un verso me confesó: «Es un poco difícil, pero está copado. Te entretiene». E hizo un gesto con la mano, como si le diera manija a su cabeza.


4. Mano a las obras. Los encuentros siguientes fueron igual de reveladores. Tomamos el poema «Lluvia» de Juan Gelman, pero previamente les pregunté qué recuerdos les traía la lluvia. Les cité de memoria ese de Borges que dice: «Cae o cayó. La lluvia es una cosa / Que sin duda sucede en el pasado…». En un dechado de originalidad fui haciendo una tormenta, justamente, de ideas. Los alumnos vieron que, más allá de ciertas coincidencias, cada uno tenía una experiencia íntima con la mera «precipitación de agua que cae de las nubes». Por lo tanto, la lectura fue más allá, en significados y en emociones. A partir del verso: «Pero el alma qué puede explicar», les propuse responder en diez versos esa terrible y necesaria pregunta. Se agarraban la cabeza, me miraban con desconfianza y, algunos, se reían nerviosos. Una vez pasado el remezón, tomaron la lapicera y comenzaron a escribir. Matías, un rubio que le gusta bailar hip hop, me mostró con cara de haber dicho algo por primera vez, pero que ya conocía: «El alma es algo que solo / el que ama de verdad / logra conocer / porque muchos creen amar, pero pocos / se logran convencer…» Para decir después casi rapeando: «De que lo que siente / es amor, por eso / el alma es tan difícil / de ver». Otros precisaron de más de una mano para redactar sus obras. Destellos colectivos por un lado: «En las noches de soledad / el alma es una fiel / compañera…» (Lautaro, Johanna, Flavia y Jonathan). Por otro, en solitario: «El alma puede explicar / lo inexplicable…» (Federica). Y más: «El alma quiere decir / el amor recíproco de una madre y un hijo…» (Susana, que sueña con estudiar Literatura y Guillermo, un obrero de Vialidad Nacional). Hasta que se arrima al escritorio Alberto, que ya pasó los 50 años y arregla caños de escape; se acerca, entonces, estira la hoja y leo el título «Testigo de momentos»:

El alma compañera
de momentos vividos
sentimientos encontrados
por el amor de un compañero

Leal e inseparable 
juntos por el sendero
iluminado del querer
cobijados por el calor hogareño.

Desde la ventana la lluvia cae
con el olor verde de los parques
que inunda nuestra habitación
desde donde te contemplamos
caer.

(Nota: Alberto tiene el taller en el barrio donde me crié, así que no hay un recuerdo de mi infancia en que él y su padre no formen parte de la memorabilia personal que construyó mi idea de «Patria Chica»).


5. Poesía, ojos de papel. Llegó el día del Festival. Dos horas antes, si de precipitaciones hablamos, cayó en seco una pedrada mortífera. Agarré el celular y le envié un mensaje a Sergio: «Granizo con sol. El mundo odia a la poesía». Sin embargo, mi helado vaticinio se derritió en cuestión de minutos y el camino estaba despejado para ir a la escuela. El primero en llegar fue Mario Campanella con su esposa. Él también es poeta y spinetteano de toda la vida, así que me había propuesto hacerle un homenaje al Flaco. Poco después arribó el poeta Fernando G. Toledo, con el que tengo una amistad personal y literaria de hace más de 15 años. Montamos una editorial artesanal en plena crisis de 2001 (con más de 20 libros editados a la fecha), no hay proyecto poético en que no contemos el uno con el otro y, además, dirigimos la revista «El Desaguadero», la única revista de poesía y reflexión de Mendoza. Desde Palmira, llegaron juntos Sergio con Paula Seufferheld, una profesora de Literatura, amiga de una sola pieza (como a ella le gusta clasificar) y una interesantísima poeta que publicó con nosotros un libro. Es decir, la poesía ensancha las amistades hasta la hipérbole. Rodeado de gente que aprecio y admiro, vi cómo los alumnos iban llegando poco a poco. El salón de música, con un piano desafinado al fondo, libros esparcidos de distintos programas nacionales de lectura, columnas de cartón de algún acto perdido y olvidado; se fue colmando. Unos 60 hombres y mujeres sentados en sillas escolares y sobre mesones de dibujo. Les di la bienvenida a todos y Mario asestó el primer golpe con la guitarra: «Plegaria para un niño dormido». Así, Fernando continuó con las palabras de Spinetta, pero a su modo, y abrió la primera tanda de tres poemas cada uno: «Dormida es un latido / Un latido un suspiro / Un viento eterno / Como una canción…» («Nana»). Paula habló del significado de su primer libro «El pan de la soledad»: «ella cruje con el pan / en el borde de una silla…». Para aclarar que no todo es correspondencia entre el yo autobiográfico y el poético. Luego, Sergio arremetió con un poema que habíamos trabajado en los talleres. Trata del juego de pelar un durazno y pedir un deseo si la cáscara no se corta, pero el que habla recuerda a la madre: «y mientras los cuchillos laboriosos / desnudan el fruto nuestras lenguas / van pelando la vida…». Para terminar, leí mi poema «la última espera», donde un niño pregunta a su padre qué son las estrellas: «miles de naves aproximándose / con esa lentitud que tiene el viento / para darle forma a las rocas…». Aplausos, gestos de complicidad, miradas extrañadas, pero cálidas. Un profesor que estaba sentado adelante me dijo sonriente al pasar (y en tono de reproche): «Qué fácil que lo hacen parecer ustedes». Mientras sonaba «Basta de pensar», contradije a Luis Alberto y me puse a reflexionar que la poesía, sí, manifiesta la convulsión que se agita en nuestras cabezas de un modo claro, pero excepcional, ya que no puede decirse de otro modo: «Por eso mi vecino tiene tormentas en la boca», decía Juan Gelman bajo la lluvia. Luego vino la segunda ronda de dos poemas, además Mario leyó uno de su producción y Alberto, que no tu opción a «escape» alguno, aceptó mi propuesta y recitó, con voz firme, su texto escrito en el taller. Finalmente, la interacción con el público y los poetas se dio, a esta altura, de un modo natural: era el momento de escuchar las preguntas. Mientras tanto, con Sergio repartimos «rimas separadas» a cada uno y luego les propusimos buscar a la pareja consonante. Así, repartimos una docena de libros como premio material para una jornada de poesía en la escuela tan conmovedora como inolvidable. Los acordes de «Seguir viviendo sin tu amor» ya sonaban y la pregunta del lugar que ocupa la poesía en el mapa de la educación me seguía aguijoneando, ya que tal vez las palabras sean ese punto de encuentro, como también esas ganas que tenemos de mirarnos a la cara y reconocernos en el otro. La poesía, siempre la poesía: no vería la razón de seguir viviendo sin su amor.



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