Ramona mona. Crónica del X Festival en Corrientes, por Franco Rivero


A la seño Ramona la conocí en una visita que hice a la Escuela N° 787 José Hernández del paraje Playadito de Colonia Liebig, donde ella es directora, por un programa de Nación sobre el que no voy a hablar. 

Habíamos llegado sobre la hora de cierre de la institución y entonces decidimos seguirle hasta otra escuela, igualmente rural, donde ella también trabaja. Nos dijo: es acá a unos veinte kilómetros por camino de tierra y yo tengo que ir parando porque llevo unos chicos hasta la escuela. La empezamos a seguir y ni bien dejamos la ruta el camino devino en declives y con la pigmentación característica de la tierra misionera, es que Colonia Liebig de la provincia de Corrientes limita con Misiones y la tierra que no sabe de límites ha traído hasta aquí su topografía y su color. 


Ramona empezó a parar, vimos a la izquierda el primer ranchito, afuera de él esperaban una señora y dos niños, ella bajó, agarró las mochilas y las puso en el baúl, los niños subieron al auto, la mamá despidió a la maestra, intercambiaron unos comentarios rápido y la forma en la que reían más la escena nos trajo ese gustito a lágrima que tiene toda sonrisa cuando la emoción se pone filosa y nos embarga. Más adelante se repitió la escena hasta que perdimos la cuenta de cuántos niños y niñas iban subiendo al auto de la maestra. 

Todo era de una armonía perfecta: la paz de los ranchos y del camino, la expresión de las caras de las mamás al vernos y saludarnos (no hacía falta decir nada, supieron al toque que éramos extraños, que estábamos con la maestra y que íbamos a la escuela, y nos saludaban por eso, porque íbamos hasta la escuela). No voy a decir que la seño es un ángel, pero sí que es alguien imprescindible (es decir, más importante que un ángel), nos dimos cuenta enseguida de eso. También sentimos vergüenza, el programa para el que trabajamos no sabe de estas cosas, se nota que no sabe, se nota que trata una escuela como un número y que se le hace agua usar ese número en una resta.

El camino hacia la otra escuela se hacía bastante largo, era una línea roja entre yerbatales y campo, Ramona paró, vino a decirnos que, si queríamos volver, ella podía ir a atendernos cuando terminara, así no padecíamos el camino y el trajín, nos indicó la ruta que estábamos por cruzar y cómo podíamos hacer para volver por ella hasta Playadito; le dijimos que no, que queríamos seguir, que se quedara tranquila, vimos ganado de todo tipo y más yerbatales en lo que siguió. 

Llegamos a un campo privado, se notaban las divisiones, acá había un cortinado hecho de tacuarales que eran más altos que todos los árboles del campo, al fondo, en medio del cortinado, se veía una tranquera, Ramona bajó, la abrió, pasaron y después pasamos nosotros, entrábamos a una estancia vieja, con pinta de abandonada, avanzábamos entre vacas, ovejas, caballos y gallinas, el camino era como un par de huellas que seguir en un corral, subimos a una lomada donde había un par de arcos, unos nenes jugaban a la pelota, y casi tapada entre la vegetación, estaba un mástil, la bandera, el frente de la escuela a simple vista parecía un puesto de estancia, salvo por el pizarrón chirimboleado con letras y dibujos con tizas de colores. 



Mientras nos pusimos con las cosas del programa yo no dejaba de pensar en el Festival de Poesía en la Escuela, me ocurrió lo mismo que en Castelli, el portal del impenetrable chaqueño, quería acercarme, traer para compartir algo lindo, tener algo que hacer ahí y sólo podía pensar en traer poemas, así que internamente sabía lo que iba a hacer al volver. Le iba a escribir a Ale para contarle de las escuelas y pedirle llevar el festival hasta allí. 

Quien andaba conmigo era mi prima Jesica, que además es mi colega en el programa, uno de los nenes la abarajó ni bien llegó y le preguntó si ese celular que tenía sacaba fotos, al poco rato lo veíamos entregado al arte de la fotografía, cuidando detalles como un profesional, con la misma seriedad preguntó más tarde si ese tipo de celulares tenía jueguitos. No sé quién de ellos, pero uno le dijo: acá cerca hay un kiosko también, suele haber galletitas… Jesi que tiene hijos chicos entendió, pidió permiso a las seños y fue con unos niños hasta el kiosko. Entonces supe que debíamos llevar además de poemas algunas golosinas. 




Esa vez le dije a Ramona que me encantaban sus escuelas, que quisiera volver. Una semana después, ya habiéndole escrito a Alejandra, la contacté para contarle que yo era poeta y que participaba de un festival que se llama Poesía en la Escuela, que se hace en todo el país y que quería llevarlo tanto a la escuela de Playadito como a la de Las Lomas, le dije que íbamos a ir con mi chamigo, Fabián Yausaz, que también es escritor y que planeábamos pasar el día en las escuelas dando unos talleres y jugando con poemas: mateamos en la escuela de Playadito a la mañana y almorzamos en la de Las Lomas a la siesta, le dije. Ramona aceptó la propuesta con entusiasmo y me puso en contacto con la seño Karina que es la directora de la escuela N° 869 Ramón Walter Larraburu del paraje Las Lomas quien también se alegró con la propuesta.

Llegar a las escuelas implica un viaje, Chamigo vive en Laguna Soto, a unos 400 kms de Colonia Liebig, en las afueras de Corrientes y yo en Ituzaingó, pautamos una visita para el 3 de octubre. 
Los dos días previos estuvo lloviendo, Chamigo viajó confiado en el pronóstico del tiempo que preveía mejoras. El amanecer del 3 estaba nublado y caían algunas gotas. Antes de salir le escribí a Ramona para ver cómo estaba el tiempo allá y avisarle que igual nos aventurábamos, que estábamos por salir. 

La lluvia más la primavera apuraron las flores y esa tonalidad espirituosa que infunde el agua en todos los verdes, la escuela de Playadito parecía recién regada, verla nomás así ya era una bienvenida. Nos esperaron con chipá cuerito y con mates, estaban contentos de recibirnos y nos lo hicieron saber todo el tiempo. Primero nos reunimos con la primera sección, los más chiquitos y después lo hicimos con la segunda sección, los más grandecitos. Chamigo es maestro también y sabe cómo jugar con niños, y como es poeta también sabe jugar con palabras, nos hizo jugar a todos con rimas y para cuando nos dimos cuenta cada uno sabía el nombre de cada quien y habíamos escrito por lo menos seis poemas con rimas. A Ramona le dijimos Mona y le dedicamos una rima con eso. También les leímos poemas. 

Chamígo tiene un libro con poemas para jugar, se llama mbojere /mboyeré/ que en guaraní significa mejunje, mezcla, entrevero; en este libro un yacaré tiene braquets, los teros usan celulares y se mandan mensajes que al leer dicen: tero tero porque qué otra cosa le va a decir un tero a otro tero que anda por el estero. Yo les leí olfato y gusto y después de leerlo todos comimos chipá cuerito, fue la chipá cuerito del postre (porque están caras las frutillas y ni que hablar de los postres) 



Cuando pasamos a la sección con los más grandecitos y como nos acercábamos al mediodía empezamos a hablar de comidas (a estas alturas la seño Ramona ya nos había pedido que picáramos un poquito en esta escuela para no despreciar porque Lourdes, la portera, ya estaba cocinando para nosotros también).

Cada quien contó su comida favorita, ésa de la que recuerdan la primera vez en que la comieron, recuerdan la sensación, el sabor y la emoción que les provocó y por eso la recuerdan tan bien y por eso se ha convertido en su comida favorita. Nos dio pie un nene, Martín, porque mientras hablábamos de las cosas que habíamos visto en un viaje, lo único que él recordaba era comiiiiiiiiiida (como dijo con la cara hecha una fiesta y nos hizo reír a todos). Su comida preferida eran los fideos con sardinas, su sensación al preguntarle cómo era la comida, fue: aceiiiitooooso, y ésa era la palabra que iba a usar para escribirle un poema a ese plato. Otro nene nos habló de la capada de la vaca que hasta hoy estamos tratando de entender qué parte de la vaca es y es un plato que sirvió para que una de las seños tras escuchar que los niños alargaban un aaaaaaah cuando la palabra con…cha asomaba, aprovechó para darles una intervención ESI impecable a partir del concepto mala palabra: ¿cómo es eso? ¿Ustedes creen que es una palabra? ¿Vos creés que tenés una mala palabra ahí? (les decía a cada una de las nenas, hasta que pudimos decir entre todos varias veces concha tratando de averiguar qué era la capada de la vaca que nuestro comensal había comido… misterio).


Almorzamos un poco de polenta. Esperamos a que cada uno de los niños subiera al colectivo de la municipalidad que los vendría a buscar y los llevaría hasta sus casas mientras levantaba en el camino a los adolescentes que van al secundario en Colonia Liebig. 

Luego seguimos a Ramona, encarando la marcha hacia Las Lomas, donde nos esperaban para almorzar y luego hacer los talleres.

En el camino, uno de los nenes que viaja con ella hasta la escuela estaba demorado, estuvimos esperándolo un tiempo, hasta que vino, Agustina, hija de Ramona, y una de las nenas que va a la escuela N° 787 era la copiloto de la seño, bajaba, agarraba las mochilas de los otros nenes, las ponía en el baúl, mientras los niños subían al auto, lo mismo que le vimos hacer a su mamá la vez anterior. Se sumó en el camino otra seño, a la que le alcanzaron una bolsa con dos paquetes de harina, supimos inmediatamente, que también en la N° 869 íbamos a comer chipá cuerito.



Nos recibieron con un guiso, nos estaban esperando para comer, para hacerlo tuvieron que comprar los ingredientes porque eso no forma parte del programa de comedores escolares, pero quienes menos tienen saben más de la generosidad, quienes menos tienen saben compartir y saben de la felicidad de hacerlo.

Los niños y las niñas que van a esta escuela son pocos, así que no los dividimos, nos juntamos todos después de comer y de lavar los platos en un aula que es la más grande de las dos que tiene la escuela. Revivimos la felicidad de jugar con rimas, nos reímos fuerte, hicimos rimas con los nombres de todas las seños y hasta con el nombre de un invitado de honor, al que le dicen Cheche y que descubrimos que se llama Ceferino (un señor grande con algún trastorno psicológico que no conocemos y que todos los días está en la escuela y es atendido y tratado bien por las seños y por los niños, además ese día dijo que era su cumpleaños y cuando le preguntaron Cuántos años cumplís. Cheche, respondió con toda seriedad: 15).

Acá hablamos de animales, un nene que cuidó un carancho y después lo liberó, dio cabida a un poema de chamigo que se llama nana para el pichón de carancho. Otros nenes hablaron de palomas, de pichones y de cachorros de varios animales y aves. Todos los que socorrieron animales o aves y después las soltaron decían que les había dado pena. Pensaban familias, aseguraban que los liberados se reunieron con sus familias. Ellos también son como una familia, una nena que se llama Eugenia llegó tarde y descalza, bien de que le retaron y le mandaron a la escuela tal como estaba… desde que llegó se río con las rimas, aprovechamos su facha y dijimos: Eugenia junta leña. Había otra llamada igual pero que no quería decir su nombre y cuando dijo le dedicamos una rima en voz baja: Eugenia genia, y cómo se ve acá también chamigo con ayuda de los niños lo dejó escrito en voz baja en el pizarrón. 


Chamígo hizo reír a todo el mundo, hizo participar a todo el mundo, me dio la sensación de que podría resolver cualquier conflicto, quise ser maestro, quise ser como él, me pasó todo eso que te pasa cuando te encontrás con alguien que sabe qué hacer con lo que tiene en el momento preciso y sin necesidad de que alguien le pida algo. Agradecí que seamos chamígos, que tenga este extra poético que es el saber jugar y no sólo con palabras, que contagie, que deje a toda la gente así de contenta.

Cuando estuvieron los chipá cuerito también hubo leche con vainilla… nunca me pareció tan rica esa combinación como ese día. Al volver a casa compré vainilla en polvo, cada tanto le voy a agregar a la leche y voy a acompañarla con chipá cuerito, quiero revivir el gusto que tiene una escuela cuando es un hogar, quiero recordar la cara de los niños, de las seños, la conversación que mantenía un grupito de nenas y nenes que rodearon a chamigo para contarle hazañas, todas peligrosas, todas situaciones donde de pedo salieron con vida. 

Quiero recordar cómo ríen y cómo tienen una fortaleza allí, en las escuelas, y justo en las escuelas (que por suerte no saben) son miradas con más recelo por Nación porque los índices de las evaluaciones nacionales como las Aprender dicen que son escuelas donde la calidad educativa está en riesgo y arroja preocupantes índices, escuelas donde se pone en duda desde lejos, sin conocer y desde un escritorio, una pantalla y una conexión banda ancha, la profesionalidad de sus docentes y directivos… 


Escribo esto pensando en las escuelas que no se ven, que son sólo un número, escuelas que tienen el calor humano necesario y justo, escuelas que dan de comer y no sólo amor sino la comida que hace falta cuando se es pobre. Escribo agradecido de las seños y de los niños, agradecido de ver amor donde otros ven un índice preocupante, agradecido de la poesía que nos permite juntarnos y acercarnos cuando no sabemos cómo hacerlo, y, agradecido de tener una historia para repetirme y con la que persuadirme de la bondad del hombre, a menudo, como dice Chamigo.


Comentarios

  1. Excelente👏👏👏!!! Ha sido un placer recibirlos y compartir con uds. Gracias.

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  2. hermoso aunque los que deciden lo ignoren pienso que esas personas son la reserva moral de la patria

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  4. Como siempre...un lujo tener como docentes a Franco Rivero y Fabián Yausaz. Y como poetas. Y, sobre todo, como seres humanos. Gracias, siempre gracias.

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